
Mientras el grueso de la gente que desembarcó se fue en busca de sol y playa, yo fui al encuentro de un relato, de una leyenda temiblemente real, de presos, muertos, cárceles, rebeliones y huidas. Quien podía contarme la historia era Dioneira da Cruz y a ella fui.
La isla, que ahora alberga la Reserva Anchieta, fue hasta 1955 la prisión de máxima seguridad del Estado de São Paulo. A fines del Siglo XVIII fue colonia de inmegrante rusos pero fue en 1952 cuando llegó a ser tapa de periódicos, cuando los 463 –entre los que se encontraban criminales peligrosísimos- tomaron la cárcel e intentaron huir hacia tierra firme.
Encontré a Dioneira cosiendo a unos metros del mar, a la sobra de un techo de tejas. Yo quería saber cada uno de los detalles de aquella jornada trágica y ella no dudó un instante y comenzó relatar. Quisiera poder contarlo con sus mismas palabras pero, después de casi una hora de charla, la memoria me juega una mala pasada.
Mirando a los ojos, ella me decía:
“Yo nací en esta isla. Mi padre, Chico da Cruz, era personal civil de la cárcel de máxima seguridad que aquí funcionaba.
Un día cualquiera llegó un detenido. Era un portugués nacionalizado brasileño. Un hombre muy inteligente, tanto que al momento de ser detenido cursaba el tercer año de ingeniería.
Y fue su llegada el origen de la rebelión. Él diseñó, cuidadosa y pacientemente, un plan de fuga y lo puso en práctica. Su aliado era un sargento, otro hombre brillante, que también estaba en la cárcel por algún delito cometido.
Por aquel tiempo los presos trabajaban durante el día en las plantaciones de bananas y yaca, y fue allí donde retaron al director de la penitenciaría a probar su puntería. Lo desafiaron a matar de un solo tiro de fusil a uno de los cuervos que sobrevolaban los morros de la isla. Pusieron en juego su orgullo y no pudo negarse.
El objetivo era claro y nada inocente. Si hasta ese momento, los disparos servían para avisar que algo andaba mal con los presos, luego de la apuesta cuando se oía el sonido de las balas retumbar en la selva los oficiales se tranquilizaban pensando que el director debía estar probando suerte con las aves negras.
Si el primer paso del plan les costó algo de esfuerzo, el segundo vino como regalo del cielo. El director consideró que dadas las condiciones en que se encontraba la prisión era imposible que los presos se escaparan. Estos, además, habían demostrado buena conducta, por lo que decidió flexibilizar el régimen dándoles más libertad.
Fue por esa misma época cuando uno de los presos, que comenzó a oficiar como peluquero oficial de la isla, puedo conocer la ubicación de la casa de armas, la garita del centinela y otros puntos estratégicos.
Al principio, jefes y subalternos eran quienes iban a la celda para solicitar sus servicios, pero luego fue él mismo peluquero el que comenzó a pasearse por diferentes lugares afeitando y cortando el cabello.
Con más libertad, habiendo desestimado la señal de alarma y conociendo los puntos estratégicos, el portugués tenía casi concretado su plan. Solo le restaba saber cómo huir de la isla.
Luego de pensarlo y pensarlo, decidió que la mejor forma era escapar en el barco a motor que traía las provisiones. Era uno de los mismos presos el que recibía, cargaba los alimentos, los acomodaba en la despensa. Sabía que no podían confiar en él, los delataría. Así que cuando tuvieron oportunidad se deshicieron de él.
Un día que este hacía los traslados desde el barco a la despensa, solicitó al oficial permiso para utilizar el baño de la nave. El permiso le fue concedido. Otros presos entretuvieron al oficial que nunca notó que el hombre había salido del baño.
Cuando esa noche reunieron a todos los presos, el encargado de despensa no estaba. La noticia de la fuga en el barco se difundió rápidamente. Lo cierto es que el hombre nunca huyó, fue asesinado esa misma tarde cuando salió del baño del barco y enterrado entre los bananos.
Designaron a un nuevo encargado para la tarea que fue el mismo que avisó al portugués la fecha en que llegaría la próxima lancha. En el día anunciado, cuatro hombres y dos guardias estaban en la selva. Los presidiarios que cortaban leña, en un descuido ataron a los oficiales y se hicieron de sus fusiles.
Dos de ellos simularon ir a buscar ayuda para lograr que el capitán se internase en la selva. Bastó que el pobre hombre llegase para que lo mataran de un tiro. Nadie desconfió, supusieron que éste estaba poniendo orden.
Los cuatro hombres con tres fusiles regresaron a la prisión, la rodearon, mataron a cuatro policías y sacaron a los 463 presos de sus celdas.
Con todos los presos sueltos el caos comenzó. Atacaron el hospital, donde robaron alcohol y medicamentos. El cóctel les afectó el raciocinio y en un acto de poca prudencia quemaron los archivos donde estaban sus prontuarios. El fuego se extendió pronto.
El plan comenzó a fallar. El barco que traía los alimentos, en el que pensaban huir, al ver el incendio sospechó que algo sucedía y regresó al continente sin siquiera atracar. Estaban libres pero atrapados. La única opción que les restaba era escapar en las barcas de los pescadores. La idea no era mala pero el sobrepeso les jugó en contra. A pocos metros de la playa las embarcaciones se hundieron.
Los presos regresaron a nado a la isla. Muchos nunca fueron hallados luego del naufragio, seis de ellos murieron.
Ya de nuevo en tierra comenzaron a internarse en la selva. Subían desesperadamente el morro en busca de escondite cuando El Portugués se sintió mal. No quería que por su culpa se demorase el resto y les indicó seguir mientras el descansaba. Murió allí mismo, de un paro cardíaco y su cuerpo fue hallado en estado de putrefacción días después.
Finalmente un oficial pudo salir de la isla y llegar al continente. Logró dar aviso. Intervinieron la Policía Marítima de Santos y la Aeronáutica.
Mientras las fuerzas policiales y militares mantenían un duro combate en los morros (donde muchísimos presidiarios murieron), algunos reclusos eligieron otro rumbo. Con la isla presa de la locura y viendo muchas familias indefensas, decidieron protegerlas. Y en la misma cárcel desocupada horas antes, les dieron amparo.
Al día siguiente, los presos que quedaban con vida fueron devueltos a sus celdas y la rebelión aplacada. Se reconoció el gesto de aquellos que pudiendo huir, prefirieron dar refugio a mujeres y niños.”
Dioneira interrumpe el relato de pronto y me sobresalto, casi como si me hubiese estado en el cine y me hubiesen encendido la luz en medio de la película. Sacó una fotografía y me la mostró. Era ella, pero con 7 años, junto a otros niños en aquella noche de junio de1952. “Nosotros no tuvimos miedo hasta que vimos a nuestros padres aterrorizados. Fue como ir caminado entre las flores y descubrir de pronto que son espinas” agregó.
Ahora tiene casi 65 años y regresa todas las semanas a la isla donde pasó su infancia solo para contar la historia a quien quiera oírla. De otro lado la espera su familia. En el continente estudió, trabajó de maestra, es esposa, madre, abuela. Aunque su vida está del otro lado, parte de su corazón continúa aún en Anchieta.
Todos los presos que no fueron encontrados después de aquel junio trágico de 1952, se dieron por ahogados y desaparecidos.
Sin embargo, y según reza la historia, cuando ya nadie se acordaba ni de la revuelta ni los periódicos hablaban de la isla, en Salvador de Bahía la policía organizaba una redada. Dos años después (en 1954), en pleno oficio religioso en la Igreja do Señor do BonFim era detenido “el bahiano”, uno de los convictos que habían dado por ahogado.
Quien sabe si algún otro no continúa escondido en algún rincón del inmenso e inconmensurable país verde, seguro de ya no ser descubierto nunca más...
Ilha Anchieta: una reserva, una colonia rusa, una carcel y una fuga
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