(Viva Las Vegas - Elvis)
El que cree que casarse en Las Vegas sin mucha meditación ni alboroto es un delirio, cambia de idea cuando llega a la ciudad. Aquí, la lujuria, la codicia y lo surrealista son moneda corriente. Todo es tan irreal que uno termina pensando que no ha sucedido.
Probablemente no sea de esos lugares a los que uno quiere volver… pero alguna vez en la vida hay que visitar Las Vegas.
Me quiero casar
Las Vegas es famosa por sus casamientos express. Para el que siente el impulso de casarse de repente todo está pensado. Los vestidos de novia se alquilan, los testigos se “consiguen” y los sacerdotes o rabinos están listos para hacer lo suyo.
Así es Las Vegas: dime con que deliras y redoblaré la apuesta.
¿Qué hacer en Las Vegas?
En Las vegas solo se pueden hacer dos cosas: ir a los casinos o visitar hoteles. Y entre unos y otros disfrutar de la fiesta, el alcohol y el espíritu de la ciudad.
Para los apostadores no es difícil sentirse en el cielo: casinos hay cientos y cientos.
Basta bajarse en el aeropuerto para descubrir que uno ha llegado al emporio de la codicia: en los pasillos entre una y otra puerta de embarque hay máquinas tragamonedas (que por supuesto están abarrotadas). Y en la ciudad cada hotel tiene su propio casino, y hay casinos sin hotel (claro).
Cientos de hoteles albergan a los más de 37.5 millones de turistas que llegan a la ciudad por año. Los hoteles son temáticos y pueden recorrerse libremente aunque uno no esté alojado, visitarlos es parte del atractivo de la ciudad.
Para facilitar la recorrida la mayoría de ellos están interconectados con túneles, puentes o pequeños trenes.
Si de hoteles se trata
Las Vegas se separa en dos partes: por un lado el down town o parte antigua y la parte nueva.
En el down town los hoteles son pocos y no vale la pena recorrerlos. Los interesados en la historia, sin embargo, pueden contemplar al Golden Gate Casino Hotel, el más antiguo de las vegas fundado en 1906. Las tierras donde está construido fueron compradas en 1905 cuando Las Vegas recién comenzaba a existir. Un año después el hotel estaba construido y funcionaba para el público (al que se le cobraba un dólar la noche). En 1927 se colocó luz eléctrica y carteles en los exteriores del hotel y en 1955 un grupo de italo-americanos de San Francisco lo compraron y lo rebautizaron como Golden Gate (en honor al puente de la Bahía inaugurado en 1937). Es cierto que no tiene ni la elegancia de lo antiguo ni los beneficios de un hotel nuevo pero tiene historia (que no es poca cosa).
Mandalay Bay Hotel, por ejemplo, tiene un acuario gigante de varios pisos y en los exteriores una fuente bellísima y esculturas de elegantes que se levantan entre las palmeras.
El Paris Hotel se distingue desde lejos por la reproducción de la Torre Eiffel. El interior no es menos ingenioso. Dentro la iluminación emula la luz diurna y el visitante pierde la noción del tiempo. Los techos tiene pintados un cielo azul con nubes blancas tan reales que por momentos parecen que se desplazan. Árboles artificiales imitan a los reales y ventilación ubicada estratégicamente mueve sus hojas para aumentar la alucinación. Las fachadas de las casas de mampostería nada tienen que envidiarles a las parisinas. Los negocios son como los de la capital francesa: cafés, tiendas de chocolates, panaderías, vinotecas. Todo en Paris es romanticismo.
Tan elegante como Monte Carlo, quizás muchísimo más, es Bellagio Hotel. La arquitectura toscana hace olvidar que uno se encuentra en medio del desierto de Nevada. Tiene un lago artificial con aguas danzantes y corredores con bellísimos faroles. Y sin duda, sus restaurantes son los más refinados de la ciudad.
La Biblia junto al calefón
En el cajón de la mesa de noche de mi hotel está la Biblia. Aunque no lo crean es cierto. Al principio me pareció extrañísimo pero luego noté que Las Vegas es la magia del alboroto y la confusión.
El lujo y el estilo de los hoteles junto al mal gusto y lo cutre de los locales de souvenirs (que venden llaveros y destapadores con imágenes de mujeres desnudas, prendas con batik, ceniceros que dicen “yo estuve en Las Vegas”, entre otras cosas que mejor no comprar).
Las mujeres elegantes y bien vestidas caminan junto a las que muestran más de lo debido (auque el cuerpo no se los permita).
Los gentleman de traje blanco que beben champagne en la barra de algún casino, se mezclan con los trasnochados que gritan en la calle y piropean a cuanta pasa.
En un restaurante sibarita cena un gran apostador con un rubia llamativa y en la mesa de al lado un gordo con camisa hawaiana medio desprendida y ojotas.
Así es Las Vegas: nadie se sorprende, nadie se espanta, nadie se preocupa, nadie se reprime, nadie se contiene, nadie se mide, nadie se fija en los demás. Cada uno hace a su modo y a pasarla bien, que luego la vida real se encargará del resto.
Al menos una vez en la vida…
La descripción no es mía pero me ha dejado boquiabierta: “es una aparición surrealista surgida de las estériles arenas del desierto, parece a primera vista un espejismo reluciente, un producto de la imaginación. Una creación esquizofrénica, brillante, llamativa y onírica de algún dibujante de historietas demente. Un universo demente en el que se arremolinan los lugares más famosos del planeta (las pirámides del antiguo Egipto, la torre Eiffel de Paris y los canales de Venecia) bañados por un etéreo brillo de neón. Fundida por la codicia, movida por la lujuria, palpitante por la pasión, Las Vegas encarna el lado turbio del sueño americano. Es un lugar en el que se pierden las inhibiciones, se olvidan los pecados y el destino queda en manos del giro de la ruleta”.
Al menos una vez en la vida hay que visitar la ciudad más grande que se han fundado en el siglo XX y que está enclavada en medio del desierto de Nevada, entre rocas y arena.
Las luces de neón, los casinos, la gente que inunda las calles por la noche, los apostadores que beben whisky desde las nueve de la mañana, las prostitutas legales, los restaurantes lujosos, tiendas de las mejores marcas y los bellísimos hoteles son una invitación a la lujuria o a la codicia que tal vez por una vez haya que aceptar… o en el mejor de los casos, quizás Las vegas sea un convite único e irrechazable a la alucinación del surrealismo.
Imágenes: Las Vegas, California, Estados Unidos de América, 2009.
Copyright © María Verónica Barzola
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